Compartir el pan y la libertad 
 Adolfo Pérez Esquivel

Los pueblos en su caminar histórico y en la construcción cotidiana de la vida, viven la esperanza de construir un mundo mejor para todos. La búsqueda de “La Tierra sin males”; es  la tierra de la libertad., que nos hablan los libros sagrados.
 
La humanidad a través de los tiempos y en el siglo XX tuvo la esperanza de poner fin a la “guerra fría” y pensamos que los países ricos cooperarían con los países más pobres y necesitados; sin embargo las frustraciones llegaron con el aumento de la pobreza, la dependencia y destrucción del medio- ambiente. Nos enfrentamos a un mundo que podría resolver los problemas del hambre y la pobreza y que puso en evidencia que no existe la voluntad política de gobiernos poderosos que decidieron invertir sus recursos en generar guerras y la carrera armamentista en muchas partes del mundo con  conflictos de alta y baja intensidad.
 
A pesar de este panorama, existen emergentes sociales nacidos en la resistencia cultural, social, espiritual, política y económica de los pueblos que van construyendo espacios y compartir el pan y la libertad, como fuerza integradora de valores y de la memoria compartida  en su identidad y comprender la necesidad de la redistribución de los recursos y necesidades básica de los más necesitados y el derecho de cada ser humano a la dignidad, sumando esfuerzos, ideas, propuestas alternativas en alcanzar el derecho a la autodeterminación.
 
En ese caminar está el desafío de desarrollar la cultura de la solidaridad, que permita construir nuevos paradigmas de vida y participación de los  sectores sociales  en su gran riqueza y diversidad cultural y fortalecimiento de valores sociales y espirituales que hacen a la identidad y sentido de vida.
 
Es compartir el pan que alimenta el cuerpo con aquellos que no lo tienen.
 
Son muchos los interrogantes que hoy vive la humanidad, pero cada uno de esos interrogantes tiene rostro, de hombres y mujeres, niños y ancianos, de jóvenes. Son seres concretos que nos cuestionan e interpelan  que reclaman un lugar en la vida.
 
El informe de la F.A.O, organismo de las Naciones Unidas, señala que por día mueren en el mundo más de 35 mil niños de hambre. Nuevamente se alzaron muros de la  intolerancia. Veo en muchos países, como en América Latina, niños y niñas que viven en las calles a quienes les falta un hogar, la ternura de una familia, el amor y protección en sus vidas. A esos niños les han robado hasta la esperanza. Con ellos compartimos y trabajamos para recuperar el sentido de vida y el espacio a que tiene derecho como ciudadanos y ciudadanas. Las Aldeas jóvenes para la Paz es un testimonio claro que es posible cambiar la situación.
 
Vivimos en un mundo que podría resolver el hambre que afecta a millones de personas.
 
Hay que preservar y respetar a la Madre Tierra que nos da el alimento. Hoy debemos poner nuestra voluntas y empeño en la defensa del medio ambiente, del agua, los recursos naturales, como la protección de los bosques y la fauna  terrestre y marítima, el uso indiscriminado de agroquímicos, la contaminación ambiental y la biodiversidad que esta dañando la vida de nuestros pueblos y de toda la humanidad.
 
La obra que Dios dio a la humanidad está en serio peligro. Debemos trabajar y lograr el equilibrio entre cada uno de nosotros, en nuestras familias, la comunidad, con la Madre Tierra, el Cosmos y con Dios.
Cuando se quiebra ese equilibrio de desata la violencia que  atenta contra la vida y contra Dios.
 
Nos encontramos en Hiroshima, ciudad que he visitado en varias oportunidades y cada vez que regreso es como revivir el re-encuentro con aquellas personas víctimas de la bomba atómica lanzada sobre  ésta ciudad y Nagasaki. La conciencia del pueblo japonés y de toda la humanidad nos reclama luchar por construir la Paz y la unidad entre los pueblos. Lo hacemos desde la fuerza del espíritu, de la conciencia y valores, la memoria  que permanece en la mente y corazón de todos y todas.
 
Sabemos y confiamos en la Gracias de Díos en que no todo está perdido; existen muchos signos de Esperanza y esa Esperanza tenemos que  compartirla, la fuerza de generar la vida  espiritual y de la dignidad humana, la trascendencia, solidaridad y conciencia que requiere de cada uno y una; asumir los desafíos de los cambios en nuestras sociedades frente a un sistema injusto. Para lo cual necesitamos de la capacidad de la resistencia, social, espiritual y política. Debemos volver a las fuentes y alimentarnos del Pan espiritual, que da vida y fuerza a nuestra existencia, que nos permite comprender el sentido profundo de las religiones y los valores del espíritu en su dimensión ecuménica.
 
Pablo Freire decía que: “Lo contrario del amor no es, como muchas veces se piensa, el odio, sino el miedo de amar; y el miedo de amar es el miedo a ser libre”. Si no tenemos la capacidad de romper las cadenas de la esclavitud por miedo, continuaremos siendo esclavos. La Madre Teresa de Calcuta decía que sabía de una cosa: “Poner el Amor en Acción”, esa es la gran revolución del Espíritu y la Paz.
 
Es fundamental, hacer “caminar la palabra” y el pensamiento, no hay palabra sin pensamiento, ni pensamiento sin palabra; es liberarnos a nosotros mismos como hombres y mujeres.
 
En necesario que desde niños comiencen a hacer caminar la palabra, en la familia, en las relaciones sociales, en la escuela. Muchos niños sufren la violencia familiar y social;  la marginalidad y la pobreza. Por eso es necesaria la palabra que encuentra sentido en el diálogo para alcanzar el respeto que nos merecemos unos a otros, fundamentalmente los niños y niñas en el mundo.
 
La espiritualidad nos lleva a la comunión con Dios y a la comprensión que tenemos desde cada creencia religiosa que nos invita a compartir el Pan y la Libertad, es decir la vida de la gran familia humana, como hermanos y hermanas que nos permite  unimos en la oración, en la meditación y el diálogo en la diversidad y unidad para  comprender el sentido profundo de la vida.
 
Hay quienes pasaron por la vida con las manos vacías, la muerte está en el olvido de si mismos y de los pueblos, no han dejado en el camino marca alguna; solo sembraron el olvido donde esa semilla no floreció. 
 
Los niños desde su comprensión, junto a sus familias y comunidades, necesitan  fortalecerse y crecer como semillas de vida  y ser fruto de luz y esperanza.
 
Hoy la humanidad necesita volver a las fuentes y para ello es necesario hacer el silencio interior, escuchar el silencio de Dios que nos dice a cada uno de nosotros y nosotras. Vivimos en el tumulto y la violencia que sacude la vida de los pueblos, a la vez son tiempos de Esperanza, de encontrar en la espiritualidad  el sentido que anima nuestras vidas.
 
La resistencia cultural nos lleva a fortalecer el “pensamiento propio”, nuestros valores e identidad, la ternura de la vida y la fuerza de Amar: Comprender que toda persona nace igual y con los mismos derechos, Que todos los pueblos tienen el derecho a su autodeterminación y los caminos de la Paz  son el desafío de construir un mundo para todos.
 
El encuentro entre culturas, y la espiritualidad son signos de esperanza, caminos que convergen hacia el mismo punto en la unidad y la diversidad entre las personas y los pueblos y en el re-encuentro espiritual de la gran familia humana.
 
Reciban el fraterno saludo de Paz y Bien!
 
Buenos Aires, Mayo 2008
Fundación Arigatou- Hiroshima